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John MacArthur

John MacArthur


John F. MacArthur, Jr. is a fifth-generation preacher who serves as a pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California. He is also a prolific author, conference speaker, and is president of The Master's College and Seminary. MacArthur received a B.A. from Los Angeles Pacific College, his M.Div. from Talbot Theological Seminary, Litt.D. at Grace Graduate School, and D.D. from Talbot Theological Seminary. In addition to his administrative responsibilities, he regularly teaches Expository Preaching at the seminary and frequently speaks in chapel.

MacArthur's pulpit ministry has been extended around the globe through his media ministry, Grace to You, and its satellite offices in Australia, Canada, Europe, India, New Zealand, Singapore, and South Africa. In addition to producing daily radio programs for nearly 2,000 English and Spanish radio outlets worldwide, Grace to You distributes books, software, audiotapes, and CDs by John MacArthur. In thirty-six years of ministry, Grace to You has distributed more than thirteen million CDs and audiotapes.

      John Fullerton MacArthur, Jr. is a United States evangelical writer and minister, noted for his radio program entitled Grace to You. MacArthur is a fifth-generation pastor, a popular author and conference speaker and has served as the pastor-teacher of Grace Community Church in Sun Valley, California since 1969, and as the President of The Master's College (and the related The Master's Seminary) in Santa Clarita, California.

      Theologically, MacArthur is a conservative far-right Baptist, a strong proponent of expository preaching, a dispensationalist and a self-described Calvinist. He has been acknowledged by Christianity Today as one of the most influential preachers of his time, and is a frequent guest on Larry King Live as representative of an evangelical Christian perspective.

      MacArthur has authored or edited more than 150 books, most notably the MacArthur Study Bible, which has sold more than 1 million copies and received a Gold Medallion Book Award. Other best-selling books include his MacArthur New Testament Commentary Series (more than 1 million copies), Twelve Ordinary Men, (more than 500,000 copies), and the children's book A Faith to Grow On, which garnered an ECPA Christian Book Award.

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“Acercaos a Dios, y él se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble ánimo, purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en lloro, y vuestro gozo en tristeza. SANTIAGO 4.8–9 «Afligíos, y lamentad, y llorad» (Santiago 4.9). Santiago hace este llamado al lamento, el dolor y las lágrimas por nuestros pecados. Describe la angustia que debemos sentir cuando nos damos cuenta de nuestra propia miseria como pecadores. Quizá el mejor ejemplo del Nuevo Testamento de esto es el publicano que Jesús se describe en una parábola donde el publicano fue al templo a orar. Al sentir su indignidad pecaminosa, no se atrevió siquiera a entrar al templo, sino que «estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador» (Lucas 18.13). El tipo de miseria que nos hace lamentar nuestra propia maldad es una condición necesaria para la verdadera bendición. Jesús le contrasta con un fariseo cuya oración expresaba cuán bueno y superior se sentía al compararse con otros. El fariseo perdió la bendición a causa de su presunción y orgullo. El publicano, en cambio, encontró la bendición mientras estaba en la agonía de su propia miseria. El lamento al que llama Santiago no es el característico de la depresión que sienten las personas cuando no están satisfechas con su suerte en la vida. No tiene nada que ver con el abatimiento de la autocompasión o la falta de satisfacción que sienten los que piensan que la vida ha sido injusta con ellos. Es un sufrimiento que se deriva de un verdadero sentido de la propia culpa y el reconocimiento de que, porque somos pecadores, no somos merecedores de la bendición divina. Es el grito del corazón que sabe que ha ofendido a la justicia de Dios y no tiene esperanza aparte de la misericordia de Dios.”
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“A pesar de que nuestra esperanza es futura, se garantiza ahora. Para nosotros, la gloria futura es una realidad presente. Es por eso que perseveraremos mientras aguardamos nuestra glorificación. No importa cuáles sean las pruebas y las luchas que encontramos mientras esperamos, podemos estar seguros de que Dios cumplirá su llamado a nosotros y nos llevará a la gloria.”
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“Desafortunadamente, hay mucha superstición y confusión sobre el significado de la sangre de Cristo. Un popular libro escrito hace varios años por un autor evangélico conocido sugiere que hay algo único acerca de la química de la sangre de Cristo. Supuso que la sangre de Cristo no era sangre humana. En cambio, dijo, la sangre que corre por las venas de Jesús era la sangre de Dios. Otros cristianos han mal interpretado canciones conocidas acerca de la sangre de Cristo (como «Hay poder en la sangre» o «Hay una fuente sin igual de sangre»). Se imaginan que hay alguna característica sobrenatural en la sangre de Cristo que lo hace espiritualmente poderosa. Algunos incluso suponen que la sangre literal de Cristo se aplica por algunos medios místicos a cada creyente en la conversión, y después se recoge de nuevo para que pueda ser aplicada continuamente y vuelta a aplicar. Mucha gente cree que solo mencionar la sangre de Cristo es un poderoso medio de sofocar la actividad demoníaca como un abracadabra cristiano. Ideas fantasiosas como las que surgen de la misma forma de pensar supersticioso dio lugar a la idea de la transubstanciación. Cuando las Escrituras dicen que somos redimidos por la sangre de Cristo, no debemos pensar que su plasma o glóbulos tienen alguna propiedad sobrenatural. Su sangre era la sangre humana normal, al igual que todo su cuerpo era totalmente humano en todos los aspectos. El «poder en la sangre» que cantamos reside en la expiación que Él realizó mediante el derramamiento de su sangre, no en el líquido en sí. Así que cuando la Biblia habla acerca de la sangre de Cristo, se utiliza la expresión como una metonimia de su muerte expiatoria.”
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“nuestras propias buenas obras nunca podrán ser un medio para ganarnos el favor de Dios; por eso es que en las Escrituras el foco de la fe está siempre sobre lo que Dios ha hecho por nosotros, y nunca sobre lo que nosotros hemos hecho por Él (Romanos”
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“Usted no puede ir al cielo a menos que sepa cómo, y no puede saber cómo excepto al leer la Biblia. Es el único lugar en donde el hombre escribió las palabras que el Espíritu Santo inspiró. Toda la Escritura es dada por inspiración de Dios. Pedro describió el proceso: «los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1.21). Uno no puede entender por sí mismo las cosas de Dios más de lo que pudieron Adán y Eva, porque solo por el poder y revelación del Espíritu Santo se puede evaluar la esencia del Señor y Creador del universo. Sin el Espíritu no hay conocimiento. Pero para los que hemos recibido la enseñanza del Espíritu Santo por las Escrituras, tenemos lo que 1 Corintios llama «la mente de Cristo». Podemos saber lo que Cristo piensa porque la Biblia lo revela.”
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“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas. EFESIOS 2.10 No se puede dejar de subrayar que las obras no juegan ningún papel en la obtención de la salvación. Sin embargo, las buenas obras tienen que ver con vivir la salvación. Ninguna obra buena puede ganar la salvación, pero las buenas obras son el resultado de la salvación genuina. Las buenas obras no son necesarias para llegar a ser un discípulo, pero las buenas obras son necesarias como las marcas de todos los verdaderos discípulos. Dios, después de todo, nos ordenó que anduviésemos en ellas. Tenga en cuenta que antes de que podamos hacer alguna buena obra para el Señor, Él hace su buena obra en nosotros. Por la gracia de Dios, llegamos a ser «hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». La misma gracia que nos dio vida juntamente con Cristo y nos resucitó con Él, nos capacita para hacer las buenas obras para las que Él nos ha salvado. Advierta también que es Dios quien preparó estas buenas obras. No obtenemos ningún mérito por ellas. Incluso nuestras buenas obras son obras de su gracia. Sería apropiado llamarlas «obras de gracia». Son la evidencia corroborante de la verdadera salvación. Estas obras, al igual que todos los demás aspectos de la salvación divina, son el producto de la gracia soberana de Dios. Las buenas acciones y actitudes virtuosas son intrínsecas a lo que somos cristianos. Proceden de la naturaleza misma de quien vive en el reino de los cielos. Al igual que los inconversos son pecadores por naturaleza, los redimidos son justos por naturaleza.”
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“Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura; mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios. 1 CORINTIOS 1.23–24 Lo que Pablo estaba diciendo en 1 Corintios es que el evangelio choca con nuestras emociones, choca con nuestra mentalidad, choca con nuestras relaciones personales. Hace añicos nuestras sensibilidades, nuestro pensamiento racional, nuestra tolerancia. Es difícil de creer. La cruz en sí misma proclama el veredicto sobre el hombre caído. La cruz dice que Dios exige la pena de muerte por el pecado, mientras que nos proclama la gloria de la sustitución. Rescata al que perece. Los que perecen son los condenados, los arruinados, sentenciados, destruidos; son los perdidos, los que están bajo juicio divino por violaciones interminables de su santa Ley. Si usted y yo no abrazamos al sustituto, sufrimos nosotros mismos esa muerte, y es una muerte que dura para siempre. El mensaje de la cruz no tiene que ver con las necesidades que se sienten. No se trata de que Jesús le ama a usted tanto que quiere contentarle. Se trata de rescatarlo a usted de la condenación eterna, porque esa es la sentencia que pesa sobre la cabeza de todo ser humano. Así que el evangelio es una ofensa por cualquier lado que se vea. No hay nada en cuanto a la cruz que encaje cómodamente con la forma en que el hombre se ve a sí mismo. El evangelio confronta al hombre y lo expone tal cual es. No se fija en el desencanto que siente. No le ofrece ningún alivio de sus luchas como ser humano. Más bien, va al asunto profundo y eterno del hecho de que está condenado y desesperadamente necesita que le rescaten. Solo la muerte puede lograr el rescate, pero Dios, en su misericordia, ha provisto un Sustituto.”
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“Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el mundo os aborrece. JUAN 15.19 La persecución es inevitable para los justos. Pablo advirtió a Timoteo: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución» (2 Timoteo 3.12). El verdadero creyente se aparta del mundo porque ha sido santificado mediante su identificación con Jesucristo. Él vive con rectitud y no pertenece al sistema. Debido a que un cristiano genuino representa a Dios y a Cristo, Satanás utiliza el sistema del mundo para atacarlo. Es por eso que Jesús oró por la protección del Padre de sus seguidores: «No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal» (Juan 17.15). Nuestras vidas deben ser un sermón al mundo de pecado. Efesios 5.11 dice: «Y no participéis en las obras infructuosas de las tinieblas, sino más bien reprendedlas». Si usted no está experimentando el rechazo del mundo, su vida no puede ser una amonestación para el mundo. Para tener un impacto por Cristo en este mundo hostil y perverso, se debe evitar el pecado y ser «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo» (Filipenses 2.15). Usted se destaca del mundo porque Cristo le ha elegido para eso. En Juan 15.19 dice: «Yo os elegí del mundo». Jesús está diciendo literalmente: «Yo te elegí para mí mismo». Él le ha elegido para ser diferente. Así que sea el sermón viviente para el resto del mundo que Cristo le ha llamado a ser.”
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“Es un peligro, aun para la gente que ama a Cristo, que lleguemos a estar tan involucrados haciendo cosas para Él que comencemos a descuidar el oírlo y recordar lo que ha hecho por nosotros. Nunca debemos permitir que nuestro servicio a Cristo sobrepase nuestra adoración a Él. El momento en que nuestras obras llegan a ser más importantes que nuestra adoración, significa que hemos cambiado de lugar las verdaderas prioridades. En el momento en que se alcen las buenas acciones por sobre la doctrina y la verdadera adoración, también se estarán arruinando las obras. Hacer buenas obras por las obras tiende a exaltar el ego y a despreciar la obra de Dios. Buenas acciones, caridad humana y acciones de bondad son expresiones cruciales de una fe real, pero deben fluir de una verdadera confianza en la redención de Dios y su justicia. Después de todo, nuestras propias buenas obras nunca podrán ser un medio para ganarnos el favor de Dios; por eso es que en las Escrituras el foco de la fe está siempre sobre lo que Dios ha hecho por nosotros, y nunca sobre lo que nosotros hemos hecho por Él (Romanos 10.2–4).”
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“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará. JUAN 12.25 En Lucas 14.26 se nos dice que una gran multitud lo seguía y que él se volvió y les dijo: «Si alguno viene a mí», es decir, el que quiera ser un verdadero seguidor, «y no aborrece a su padre y madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo». ¿Aborrecerse uno mismo? ¡Qué verdad más tremenda! Esta no es salvación por buenas obras, sino todo lo opuesto: salvación al rechazar toda esperanza de agradar a Dios por nuestras fuerzas. Seguir a Jesús no es asunto que dependa de usted o de mí. Ser creyente no es cuestión de nosotros, no es cuestión de estima propia. Más bien es cuestión de estar hastiados de nuestro pecado y de nuestra desesperación por el perdón. Es cuestión de ver a Cristo como el invaluable Salvador del pecado, la muerte y el infierno, para que voluntariamente dejemos a un lado lo que sea necesario, aun si nos cuesta nuestra familia, nuestro matrimonio y lo que sea que atesoramos y poseemos. Hasta nos puede costar la vida, como Jesús dijo en Lucas 9.24 y lo reafirmó en 14.27: «Y el que no lleva su cruz», es decir, el que no está dispuesto a morir y dar su vida, «y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo». No puede ser más claro que esto. Si usted trata de aferrarse a sí mismo, a su plan, a su agenda, a su triunfo, a su autoestima, pierde el perdón y el cielo. La senda que Jesús seguía era la senda de la persecución y de la muerte (vea Juan 12.24–25). Así que quiere seguir a Jesús, ¿verdad? Le va a costar absolutamente todo.”
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“Sea por muerte o por rapto, cada creyente se presentará un día ante el Amo celestial para ser evaluado y recompensado. Una vez más, el esclavo obediente no tiene nada que temer frente al Amo. Por otro lado, los creyentes que dedican sus vidas a actividades temporales y sin valor deben esperar de Cristo una recompensa mínima. Los pecados de todo creyente, por supuesto, son perdonados para siempre”
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“La justificación es distinta de la santificación, porque en la justificación de Dios no hace justo al pecador, Él lo declara justo (Romanos 3.28; Gálatas 2.16). La justificación imputa la justicia de Cristo a favor del pecador (Romanos 4.11). La santificación imparte justicia al pecador personalmente y en la práctica (Romanos 6.1–7; 8.11–14). La justificación tiene lugar fuera de los pecadores y los cambios de su situación (Romanos 5.1–2). La santificación es interna y cambia el estado del creyente (Romanos 6.19). La justificación es un acontecimiento, la santificación es un proceso. Los dos deben distinguirse uno del otro, pero nunca se pueden separar. Dios no justifica a quien no santifica, y Él no santifica a quien no justifica. Ambos son elementos esenciales de la salvación. La corrupción de la doctrina de la justificación da como resultado graves errores teológicos. Si la santificación se incluye en la justificación, entonces la justificación es un proceso, no un suceso. Esto hace que la justificación sea progresiva, no completa. Entonces se está de pie delante de Dios en base a la experiencia subjetiva, no seguro por una declaración objetiva. La justificación, por lo tanto, puede ser experimentada y luego perdida. La seguridad de la salvación en esta vida se vuelve prácticamente imposible porque la seguridad no puede ser garantizada. El fundamento de la justificación del pecador es en última instancia la virtud propia continua en el presente, no la justicia perfecta de Cristo y su obra expiatoria. Es evidente que esta idea va en contra de la enseñanza bíblica.”
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“Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. 1 CORINTIOS 9.25 Los atletas en la época de Pablo se esforzaban para participar en la competencia. Para participar en los Juegos del Istmo, tenían que comprobar que habían hecho un entrenamiento completo de diez meses. Treinta días antes del evento, entrenaban juntos diariamente a la vista del público. En ese entonces, igual que ahora, para ser un atleta de clase mundial debía haber un compromiso serio. Precisamente eso era lo que Pablo utilizó para representar la disciplina que un líder del pueblo de Dios necesitaba. Para él eso no era juego. Él era más disciplinado que cualquier atleta de pista y campo. Él quería ganar una carrera que tenía mayor significado que cualquier deporte. Por lo tanto requería más diligencia y disciplina. «Todo aquel que lucha, de todo se abstiene», dijo Pablo en 1 Corintios 9.25. Uno no puede romper un régimen de entrenamiento y ganar. Eso es cierto no solamente en los eventos atléticos. Es cierto en todo. Especialmente en el liderazgo. El éxito genuino siempre tiene un gran precio. Todo atleta lo sabe. La disciplina tiene que convertirse en una pasión. No es simplemente cuestión de hacer lo que es obligatorio o evitar lo que es prohibido. Involucra negarse a sí mismo de manera voluntaria. ¿Por qué es importante la disciplina? La disciplina nos enseña a operar por principios más que por deseos. Decir no a nuestros impulsos (aun a aquellos que no son inherentemente pecaminosos) nos hace controlar nuestros apetitos en vez de que ellos nos controlen a nosotros. Ello desecha la lascivia y permite la verdad, la virtud y la integridad, para que gobierne nuestras mentes.”
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“Transigir es bueno y necesario en la mayoría de las relaciones humanas. En el matrimonio, por ejemplo, las parejas deben ceder con frecuencia para lidiar con los desacuerdos respecto a la preferencia y a la opinión. En el gobierno secular, los compromisos son necesarios a veces para poder sobrepasar los obstáculos ejecutivos o legislativos. En los negocios, transigir es importante para cerrar un trato. La persona que rehúsa ceder en cualquier circunstancia es obstinada, irrazonable y egoísta. Esa clase de inflexibilidad de voluntad es pecaminosa y ha llevado a la ruina a muchas relaciones y organizaciones. Pero en lo que respecta a cuestiones de principios como las bases éticas y morales, absolutos bíblicos, axiomas de la Palabra de Dios, mandatos claros de Dios y la veracidad de Dios mismo, con eso no se debe transigir. Un verdadero líder sabe eso. Para el líder espiritual, los absolutos son establecidos por la Palabra de Dios. Un líder que aplica todos los principios de liderazgo puede quizás lograr una medida de efectividad pragmática. Pero este principio probará realmente quién es usted como líder. Nadie puede ser un líder efectivo espiritual a menos que comprenda la verdad esencial de la Escritura y rehúse transigir su autoridad absoluta. Este principio aplica, estoy convencido, no solo a los pastores o a los líderes de las iglesias sino a cualquier cristiano que desea ser un buen líder.”
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“La justificación Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención. 1 CORINTIOS 1.30 En su sentido teológico, la justificación es un término forense o puramente legal. En él se describe lo que Dios declara acerca del creyente, no lo que Él hace para cambiar el creyente. De hecho, la justificación no efectúa ningún cambio real en absoluto en la naturaleza o el carácter del pecador. La justificación es un decreto judicial divino. Esto cambia nuestro estado solamente, pero tiene ramificaciones que garantizan que otros cambios seguirán. Decretos forenses de este tipo son bastante comunes en la vida cotidiana. Cuando el presidente del jurado lee el veredicto, el acusado ya no es «el acusado». Legal y oficialmente al instante se convierte en culpable o inocente, según el veredicto. Nada ha cambiado en su naturaleza, pero si se le encuentra culpable no va a salir del tribunal como un hombre libre a los ojos de la ley, plenamente justificado. En términos bíblicos, la justificación es un veredicto divino de «no culpable y totalmente justo». Es la inversión de la actitud de Dios hacia el pecador. Mientras que anteriormente lo condena, ahora lo reivindica. Aunque el pecador una vez vivió bajo la ira de Dios, como un creyente está ahora bajo la bendición de Dios. La justificación es más que simple perdón; el perdón solo seguiría dejando al pecador sin méritos ante Dios. Así que cuando Dios justifica, le atribuye justicia divina al pecador (Romanos 4.22–25). El propio mérito infinito de Cristo se convierte así en el fundamento sobre el cual el creyente se encuentra ante Dios (Romanos 5.19; 1 Corintios 1.30; Filipenses 3.9). De modo que la justificación del creyente lo eleva a un reino de plena aceptación y privilegio divino en Jesucristo. ¿Qué efectos tiene en su vida cotidiana el estar justificado? The Gospel According to the Apostles, pp. 89–90”
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“Hay una real paradoja, no una incoherencia, en estas verdades. Todos los cristianos pecan (1 Juan 1.8), pero también todos los cristianos obedecen: «En esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos» (1 Juan 2.3). El pecado y la carnalidad todavía están presentes en todos los creyentes (Romanos 7.21), pero no pueden ser el sello distintivo de su carácter (Romanos 6.22). «Amado, no imites lo malo, sino lo bueno. El que hace lo bueno es de Dios; pero el que hace lo malo, no ha visto a Dios» (3 Juan 11). Esto habla de dirección, no de perfección. Pero está claro que hace que el comportamiento sea una prueba de la realidad de la fe. ¿Dónde ve evidencia de la fe en su vida?”
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“La verdadera felicidad en la vida resulta de la transformación de sus procesos de pensamiento. Colosenses 1.16 dice que «todo fue creado por medio de él y para él». Esto lo incluye a usted. Puesto que ha sido hecho para Dios, usted no conocerá la verdadera felicidad hasta que sepa lo que le agrada a Él. Pero no lo sabrá hasta que usted sepa lo que dice su manual para la vida: La Biblia. Al estudiar su Palabra y aprender a vivir según sus principios, usted comenzará a experimentar una gran satisfacción y felicidad. El profeta Jeremías se dio cuenta de esto cuando dijo: «Fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón» (Jeremías 15.16). Cuando entiende lo que Dios quiere de su vida y todas las promesas que Él ha preparado para usted, le traerá alegría más allá de lo imaginable. Quizá usted está teniendo problemas en una relación. Tal vez su hogar no sea todo lo que debería ser. Es posible que no tenga el dinero para comprar algo que necesita desesperadamente. Usted podría estar pasando por dificultades en la escuela o en el trabajo. A pesar de que nada parece estar trabajando para su bien en este momento, le aseguro que todo saldrá bien al final. ¿Cómo puedo hacerle una promesa temeraria como esa? Debido a que las promesas de Dios en Cristo se cumplirán en usted. La Biblia lo dice. Y esto le da a cada cristiano un motivo de regocijo.”
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“Una esperanza viva Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos. 1 PEDRO 1.3 Según 1 Pedro 1.3–4, cada cristiano nace de nuevo para una esperanza viva, es decir, una esperanza que es perpetuamente viva, una esperanza que no puede morir. Pedro parece estar haciendo un contraste con la mera esperanza humana, que es siempre una esperanza muerta. Las esperanzas y sueños humanos inevitablemente se desvanecen y decepcionan en última instancia. Es por esto que Pablo dijo a los corintios: «Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración de todos los hombres» (1 Corintios 15.19). Esta esperanza viva en Cristo no puede morir. Dios garantiza que finalmente llegará a una completa y total realización, plena y gloriosa. Esta esperanza la «tenemos como segura y firme ancla del alma» (Hebreos 6.19). Además, se nos garantiza «una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos» (1 Pedro 1.4). A diferencia de cualquier cosa en esta vida, que puede ser dañado, decaer, envejecer, oxidarse, corroerse, ser robado o perder su valor, nuestra herencia celestial es reservada para nosotros incorruptible, incontaminada e inmarcesible. Nuestra herencia completa un día será la culminación de nuestra esperanza viva. Ella está «reservada en los cielos». ¿Se da cuenta de que ya hemos recibido parte de esa herencia? De acuerdo con Efesios 1.13–14, cuando una persona cree, el Espíritu Santo habita en el corazón de esa persona. Él es el depósito de garantía de nuestra salvación eterna. Él es un anticipo de la herencia del cristiano. Él es la garantía de que Dios terminará la obra que Él ha comenzado. ¿Cómo cambia su perspectiva tener esta esperanza viva de una herencia incorruptible?”
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“Siembre un pensamiento, cosechará una acción. Siembre un acto, cosechará un hábito. Siembre un hábito y cosechará un carácter. Siembre un carácter y cosechará un destino. Los”
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“Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad. 2 PEDRO 1.5–6 «Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire» (1 Corintios 9.26). Observe que Pablo no estaba boxeando con la sombra ni tampoco era un aprendiz. Él se encontraba en una pelea de verdad. Mientras estaba corriendo, también estaba peleando. Tenía un oponente al que debía seguir golpeando, porque si no este lo sacaría de la pista. Este oponente, recuerde, era su propia carne; en otras palabras, las tendencias pecaminosas que con frecuencia se asocian a los apetitos corporales y a los deseos carnales. Él estaba corriendo para ganar y boxeando para no perder. En términos positivos, estaba cultivando la disciplina de la rudeza mental para que sus ojos estuvieran fijos en el premio y sus pies se movieran en la dirección correcta. En otros términos, estaba cultivando la disciplina del autocontrol para poder detener a su carne de modo que no le hiciera perder la carrera. Todo atleta sabe cómo es esta lucha. Todo buen atleta debe mantener su cuerpo bajo control. No puede tener sobrepeso ni perder la salud. Cuida su cuerpo, se ejercita para mantenerse en forma y se esfuerza para desarrollar músculos. Se mantiene en control de su cuerpo. La mayoría de las personas, en contraste, son dominadas por sus cuerpos. Estos les dicen a sus mentes lo que deben hacer. Es por eso que el principio del pecado se llama «la carne» en todas las epístolas paulinas. El cuerpo en sí no es malo, sino mas bien los malos deseos que se asocian frecuentemente con él. Por eso Pablo dijo que necesitábamos «hacer morir las obras de la carne» (Romanos 8.13) y «crucificar la carne con sus pasiones y deseos» (Gálatas 5.24).”
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